EL DEVENIR DE LAS COSAS

                       I

He pasado el umbral de mi propio destino.

El tiempo

y un devenir

casi imperceptible de las cosas

me obligaron a andar

tropezando siempre

con el mismo silencio.

Un silencio perfecto

que me arañaba los ojos

y se estaba quieto,

como una piedra esperando

con la eterna paciencia de la tierra.

A que yo regresara de mis juegos.


He pasado el umbral y no me quejo.

Me he levantado solo,

a veces, desde el fango

y bebí vino y compartí mi copa

con otros labios

que después compartieron los míos.


No se lo que es volverse

porque el cielo me engañaba

cada día

con un presagio nuevo

y no supe buscar mis viejos pasos

ni la piedra o el árbol

donde estuve llorando

en tardes de intuiciones

y cansancios.


              He pasado el umbral y me pesan las ramas

que han crecido como hijos

subiéndose furiosos por mi cuerpo.

Pero el silencio fue mi cómplice

cuando la muerte preguntaba por mi nombre

en las aceras.

He sentido la mano de la lluvia

que me cruzó la cara

y se fueron mis manos

por los prados abiertos

de un cuerpo desnudo.


No he cultivado estrellas fuera de mis sueños,

pero dije mi verdad

como quien da su casa

y a pesar de que estaba el silencio

esperando después de los juegos,

el tiempo

y un devenir

casi imperceptible de las cosas

me obligaron

a pasar el umbral de mi propio destino.


                   II

Para vivir me sobra

con unos cuantos trucos

y el don de la palabra.

Para morir, en cambio,

necesito callarme

y buscar el cristal

de mi alma de niño

en el fondo celeste

que descubro en la forma

con que tú me acaricias.

Para seguir viviendo

me sobran las esquinas

azules de sorpresas

y el camino del aire

por donde todo llega.


Para seguir así

me basta lo que sé

sobre la geometría

de un paso y otro paso

o sobre los inciertos

contornos imprecisos

del vuelco de los ojos

cuando se quiere algo.


Para morir, en cambio,

es todo insuficiente.

Para poder morirme

necesito pararme

en mitad de una comba

en el juego del tiempo

y aprenderme por dentro

en los rostros ajenos

y sentir que se rompe

en pedazos la línea

que divide el paisaje

donde estuve pintado.


Para vivir así

casi todo me sobra,

pero si he de morirme

esta misma mañana

o tal vez una tarde

al pasar una hoja

en el juego del tiempo

buscaré tu presencia

para no confundirme.

    "MEMORIA DE LOCO" (Ediciones Adhara, Granada,1996)


El poema “EL DEVENIR DE LAS COSAS” de José Gilabert Ramos es un poema de madurez, de mirada interior y de aceptación amarga. Para mí, la fuerza de esta primera parte del poema es que el dolor que siente no lo explica de forma directa, sino que está convertido en símbolos muy claros: umbral, silencio, lluvia, fango, tierra, destino. A través del poema explora el tránsito vital hacia la madurez y la aceptación del destino personal a través de símbolos. Su estructura deja entrever la idea de ciclo inevitable de experiencia y resignación serena. Se podría llamar metafísica estoica.

En mi humilde opinión, el tema principal es el paso del umbral del destino propio que es una metáfora de la madurez forzada por el tiempo y un “devenir casi imperceptible de las cosas”. El yo poético ha cruzado una frontera irreversible: de los sueños y juegos juveniles a la conciencia adulta, marcada por pérdida, desengaño y peso existencial. No se rebela sobre esta situación sino que lo acepta (“no me quejo”), el silencio es cómplice ante la muerte, y la vida se vive a trompicones utilizando palabras simples como símbolos de placeres efímeros y caídas (vino, besos, fango). Al final, evoca una vuelta a la infancia pero desde la paciencia estoica de la tierra, que simboliza la resignación madura. Las tres etapas del poema se podría decir que serían; Introducción al tránsito, Desarrollo de la experiencia y un Cierre reflexivo.

El comentario de este poema daría para mucho más porque considero que los recursos estilísticos que utiliza: Imágenes sensoriales y simbólicas (naturaleza antropomórfica, contrastes), figuras retóricas (anáforas, paralelismo, metáfora central, sinestesia) y el uso de un vocabulario filosófico junto al coloquial, son dignos de ser estudiados. En fin, no me enrollo más. Voy a finalizar con las posibles fuentes literarias. Se nota mucho la poesía española del 98 de Antonio Machado al presentar el paisaje como alma, caminante que tropieza, tiempo inexorable y el silencio como introspección. También se nota el Grupo Poético del 27 en las voces de Lorca y Alberti al usar el simbolismo sensorial y el devenir. Como influencias modernas, dentro de la poesía que conozco me recuerda a Amado Nervo, que usa la expresión “arquitecto de mi propio destino”.

La parte segunda contiene cuatro párrafos de extensión irregular. Los une, digamos, una lógica antitética que se convierte en el eje vertebrador de todo el texto que es la oposición entre vivir y morir. Esta dualidad que aparece en el poema funciona como una paradoja filosófica pero no, digamos, como un contraste trágico. Me explico: vivir requiere poco: trucos, la palabra, esquinas azules; mientras que morir exige una entrega total y diría que mística. Cada estrofa lo que hace es desarrollar una variación sobre el mismo tema: vivir y morir.

En la primera estrofa se establece la premisa central con cierta seguridad e ironía. Para vivir basta con el artificio (unos cuantos trucos) y el don poético. Sin embargo, para morir hace falta un recogimiento interior, una imagen de transparencia y vulnerabilidad (cristal/ de mi alma de niño).

Además la aparición del tú (con que tú me acaricias) introduce una dimensión amorosa que une lo abstracto en lo corporal y concreto. Y el final sugiere una apertura sensorial al mundo como una condición suficiente para continuar viviendo (el camino del aire/ por donde todo llega).

En la segunda estrofa, el tono es ya más reflexivo, que para “seguir así” le basta con un conocimiento mínimo (la mecánica del paso, el gesto impreciso del deseo (el vuelco de los ojos/cuando se quiere algo). Se apoya en imágenes cinéticas y sensoriales que evitan precisamente la abstracción.

En la tercera estrofa, es donde se encuentra el núcleo del poema. La muerte se convierte en una experiencia que requiere detenerse en la mitad del tiempo, penetrar en los “rostros ajenos” y sentir cómo se fractura la línea que separa al sujeto del mundo pintado (Para morir, en cambio,/es todo insuficiente), en otras palabras, la frontera entre representación y realidad. Hay una frase que tiene una plasticidad extraordinaria: la comba (juego infantil de movimiento cíclico) convierte el tiempo en algo físico y lúdico por lo que subvierte esa gravedad habitual que es el paso del tiempo.

En la cuarta estrofa se va cerrando ya una resolución íntima y confesional. Ante la inminencia de la muerte (esta misma mañana/o tal vez una tarde), el poeta recurre a la presencia del otro como brújula para no perderse (buscaré tu presencia/para no confundirme) sin recurrir a la resignación.

No busca a Dios ni a la eternidad, sino la presencia concreta del otro. Y convierte el amor en un ancla frente al vértigo de la disolución.

Lo importante de este poema es que al tratar de vivir o morir, no recurre a la retórica sino a una dicción coloquial y depurada creando una imagen evocadora (cristal de mi alma de niño, esquinas azules de sorpresas, en pedazos la línea/ que divide el paisaje). El verso libre es breve con encabalgamientos suaves que imprimen al poema un ritmo de pensamiento en voz baja. No hay rima, pero tiene cierta musicalidad basada en la repetición de estructuras sintácticas anafóricas (Para vivir, para morir, para seguir) que funcionan como una especie de estribillo conceptual.

En cuanto a posibles influencias literarias diría las siguientes:

Antonio Machado: maestro de la interiorización del paisaje, de la imagen del camino como metáfora existencial y la voz meditativa que habla con sencillez de lo esencial. Pero el autor lo despoja de la nostalgia y la dota de una serenidad casi estoica.

Juan Ramón Jiménez: en la búsqueda de la transparencia y en la figura del “alma de niño” como espacio de pureza originaria.

Pedro Salinas: para quien el amado es la vía de acceso al ser verdadero.

San Juan de la Cruz: la tensión entre la vida y la muerte como experiencia exterior para quien el morir es condición de una plenitud más profunda.

R. M. Rilke: creo que hay ecos de este autor al entender la muerte como la tarea más íntima y personal del ser, algo que hay que aprenderse por dentro.

César Vallejo: Veo su influencia en tratar el juego infantil como una metáfora de la existencia suspendida.

Miguel de Unamuno: El choque entre la inmortalidad personal y la conciencia de ser una ficción.

La poesía personalista y del existencialismo poético: Al buscar al otro como única garantía de identidad ante la disolución.

La poesía de la experiencia: el poema como espacio de comunicación directa entre el poeta y el lector desde una subjetividad reconocible (autores como Luis García Montero y Felipe Benítez Reyes) de la cual su autor , creo yo, forma parte.

No sé si me habré alargado demasiado, asunto que suele sucederme muy a menudo. La idea que me ha guiado ha sido dar a conocer su poesía y, al mismo tiempo, recordar que para escribir con cierta técnica y expresar sus emociones, sentimientos y experiencias se necesita haber leído mucho. No sé si los autores que he puesto han influido o no, pero deja entrever que, en la mayoría de los casos, uno expresa algo y después cada uno, lo interpreta a su manera.

Tomás Santiago Ríos García 

San Fernando (Cádiz). Marzo de 2026




































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